Aquel día, Viernes 24 de Agosto de 1781, la «procesión» con la reo salió de las cárceles de la Inquisición en el Castillo de San Jorge, cruzó el Puente de Barcas y se dirigió al Convento de San Pablo, donde la esperaba el Tribunal de la Inquisición.

Después de la lectura de una interminable sentencia de 157 páginas, fue conducida a la Plaza San Francisco, de allí a la Cárcel Real y por último al Quemadero del Prado de San Sebastian, donde recibió garrote ante una enfervorecida multitud que esperó hasta ver arder en las llamas el cuerpo de la joven sevillana.

Este sería el último auto de fe sentenciado por el Tribunal de la Inquisición en España que condenaba a la hoguera a una bruja. Fue en Sevilla, y la ajusticiada se llamaba María de los Dolores López, una joven ciega conocida como la « beata Dolores ».

Así se ponía fin injustamente a una vida más, y a los autos de fe, que no la Inquisición. No fue hasta el 10 de junio de 1820, después de casi tres siglos de existencia, cuando se clausuró el Tribunal del Santo Oficio, también conocido como Tribunal de la Fe o Santa Inquisición, el cual fue instituido oficialmente en la Nueva España el 4 de noviembre de 1571. El 15 de julio de 1834, la Inquisición ya desaparecida, fue definitivamente abolida en España por el decreto firmado por la Regenta María Cristina.

Sevilla fue el lugar en el que se celebró, el 6 de febrero de 1481, el primer auto de fe de la Inquisición española y el 24 de Agosto de 1781, el último. Tres siglos dejan huellas, y en Sevilla las dejó:

Convento de San Pablo (Parroquia de la Magdalena): la primera sede del Santo Tribunal en tiempos en los que residían en ella los monjes dominicos. Esta iglesia es prácticamente lo único que queda del antiguo Convento de San Pablo el Real, desde el que se puso en marcha esta Institución en Sevilla de la mano de Fray Alonso de Ojeda. Se cree que las primeras celdas estaban en este convento, antes de ser habilitadas las del Castillo de San Jorge.

En la cúpula que hay en la entrada todavía puede verse una cruz que se encuentra franqueada por una espada a un lado (representando a la justicia) y una rama de olivo al otro (la misericordia). Este es el escudo de la conocida como Santa Inquisición.



Castillo de San Jorge: En menos de un año, debido a la creciente multitud de procesos y a la falta de espacios para los mismos, la sede inquisitorial fue trasladada al Castillo de San Jorge. En esta antigua fortaleza se situaron también las celdas en las que los reos esperaban a ser llamados a la temida “cámara de los tormentos” para sus confesiones y para ser posteriormente enjuiciados y sentenciados. En el siglo XVIII el deterioro del castillo obligó al traslado de la sede inquisitorial a otro edificio situado en la zona de la Alameda de Hércules actualmente desaparecido. La Inquisición continuará aunque con menor fuerza hasta su total desaparición en 1820.





Convento Casa Grande de San Francisco: Los autos de fe que se celebraron en Sevilla tuvieron lugar, primero en las gradas de la Catedral, y más tarde en la Plaza de San Francisco, aunque la mayoría tuvieron lugar en la iglesia de Santa Ana, además de la de San Marcos y en el convento de San Pablo.

La llamada «Cruz de la Inquisición», que se instaló en recuerdo del último auto de fe celebrado por la Santa Inquisición en la Plaza de San Francisco.


El Quemadero de San Diego fue un edificio utilizado por la Inquisición para sentenciar a los condenados a la hoguera. Fue el quemadero principal de la ciudad de Sevilla y se situó en la zona de Tablada. Su actividad se inició el 6 de febrero de 1481 y finalizó en 1781, fue finalmente demolido en 1809.​


El Quemadero de San Sebastián. Otro quemadero en la ciudad, concretamente en la zona de Prado de San Sebastián, cuya actividad se cerró con la ejecución de María de los Dolores López., la « beata Dolores ».


Además de los edificios y espacios cuyo pasado está ligado de forma directa a las actividades del Santo Oficio, en la ciudad existen otras huellas que se ocultan de manera sutil a simple vista. A veces, por desconocimiento. Otras, por su aparente inocencia o por la nimiedad que ocupan, pero son muchos los detalles que se han mantenido hasta nuestros días, a pesar de la repulsa que esta parte de nuestro pasado causa en la sociedad de hoy.


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