La Sevilla de 1991 era un hervidero de obras. En menos de un año habría de inaugurarse el evento que cambió la ciudad para siempre, la Exposición Universal de 1992 . Mucho se construyó para esa cita (la Cartuja, Santa Justa, San Pablo…) y mucho quedó por el camino.


Los tres puentes que se situaban en línea entre la estación de Santa Justa y la avenida de la Borbolla, servían para salvar las vías del tren que de cara a la Expo del 92, se soterraron. Sin tendido ferroviario que sortear, estos pasos elevados perdieron su sentido. Sevilla perdió entonces los puentes que menor interés artístico tenían –Enramadilla y La Calzada -, pero conservó el de San Bernardo.
El Puente de la Enramadilla, realmente era un paso elevado ferroviario. Las dimensiones de esa estructura, con dos rampas de acceso de 190 metros cada una y una pendiente de un 3%, un vano de luz de 33 metros de luz, 12 metros de calzada adoquinada y 2 metros de acera, le dieron carácter de puente.

Obra del ingeniero don Rafael de Casso, conectaba las Avenidas de Ramón y Cajal, con la Avenida de Carlos V. Comenzó a construirse en 1943 y fue demolido poco antes de la Expo del 92, en 1991, por lo que no llegó a cumplir los cincuenta años.


25 millones de pesetas costó el derribo del Puente de la Enramadilla – unía el Prado con la Enramadilla, donde hoy está el edificio Viapol -. Se empezó por la parte que daba a la avenida Carlos V y se terminó por el otro extremo en un plazo de unas dos semanas.



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